Los retretes de aviones han recorrido un largo camino desde los primeros días del transporte aéreo comercial. Los aviadores de antaño utilizaron cubetas de decantación, y los pilotos de la Segunda Guerra Mundial arrojaban botellas llenas de orina por las ventanas despresurizadas.
Ahora, la tecnología de control de residuos en el aire podría poner a los Supersónicos en vergüenza. Esto es lo que sucede cuando utilizas el inodoro a 35.000 metros de altura.

Los inodoros de un avión trabajan con un principio diferente al inodoro de sifón convencional que se encuentra en tu casa, y por una buena razón. Los inodoros de sifón se basan en un cuenco lleno de agua para ayudar a iniciar el efecto de aspiración pasiva hacia los desagües, sin embargo, si no hay agua en el recipiente, ya sea por diseño o debido a que podría chapotear por la turbulencia, no hay nada para enjuagar. Y puesto que las cabinas de los aviones están presurizadas, la vieja técnica de arrojar el cubo lleno de desperdicios por la ventana ya no funciona, en cambio, los aviones de hoy en día dependen de los sistemas de evacuación activamente impulsados.
En la década de 1980 los baños del avión utilizaban Anotec, el líquido desodorante azul para empujar los residuos del cuenco a los tanques de almacenamiento a bordo. Las bombas eléctricas conducía el proceso activamente, haciendo circular el fluido en cada descarga. Aunque indudablemente un paso adelante respecto a los cubos, estos sistemas plantean algunos inconvenientes importantes. Los aviones, por ejemplo, tenían que cargar cientos de galones de Anotec en cada vuelo, lo que aumentaba su consumo de combustible y reducía el número de pasajeros que podían cargar, además, las primeras fórmulas de Anotec eran formaldehído y blanqueador base, que son irritantes de los ojos y la piel.
Pero el peor inconveniente del Anotec era que los sistemas eran propensos a presentar fugas. En ocasiones, estas fugas se escapaban al casco, formando una bola helada de excrementos y líquido azul en el exterior del avión. A medida que el avión bajaba su altitud en su aproximación para el aterrizaje, la bola se descongelaba parcialmente, dejando caer sus restos sobre la tierra.
Cuando se deja caer desde suficiente altura, el excremento humano congelado puede ser sorprendentemente destructivo. Entre 1979 y 2003, al menos 27 fajos de “hielo azul” cayeron del cielo en los Estados Unidos solamente, impactando con fuerza suficiente como para traspasar los techos de algunos automóviles. Aunque es una posibilidad remota, la posibilidad de aplastar el cráneo de una persona inocente con la caída de heces congeladas fue razón suficiente para que la industria de la aviación desarrollara una alternativa al líquido azul. Así, en 1975, el inventor James Kemper patentó los inodoros al vacío terriblemente ruidosos que usamos hoy en día.
Boeing fue la primera empresa en instalarlos en 1982, los inodoros al vacío dependen de una succión fuerte y de paredes resbaladizas para sacar los desechos, usando tan sólo una fracción de galón de agua. Al pulsar el botón de descarga se abre una válvula en el fondo de la taza, exponiendo el contenido a un neumático de vacío, que succiona la carga, la dirige por las tuberías de drenaje del avión hasta un tanque de retención con capacidad de 200 galones. El interior del inodoro está cubierto por un material antiadherente parecido al Teflón, que ayuda hacer la transferencia. Los residuos quedan retenidos en el depósito durante todo el vuelo y es aspirado por el equipo al llegar a tierra firme. El tanque de almacenamiento cuenta con un seguro en la parte exterior, para que los pilotos no boten por accidente la carga en el aire.
Sorprendentemente, el sistema de Kemper se ha mantenido como la tecnología estándar de la industria durante 30 años. La FAA (Federal Aviation Administration) sigue recibiendo un montón de quejas sobre desechos orgánicos que caen desde los aviones, como si estuviéramos en la época del hielo azul, pero la mayoría de estas quejas vienen en el otoño y siempre en el medio de la temporada de migración de aves. Los testigos pueden tener razón en que desechos orgánicos están cayendo del cielo, pero no se le puede culpar a la FAA de ello.
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