Esta serie fotográfica de Martin Parr muestra que antes, cuando no existían los teléfonos celulares, las personas no hacían otra cosa más que vivir su aburrimiento, sin analgésicos, estoicamente.

Entre los varios usos que tiene actualmente el smartphone (un objeto ya más o menos imprescindible de la vida cotidiana) se encuentra uno que en términos metafóricos podríamos definir como “vía de escape”, una especie de puerta lateral siempre a la mano y disponible para esos momentos en que parece que no tenemos nada qué hacer. Estamos a la espera del transporte público en la calle, o sentados en un lugar porque nos citamos con una persona, quizá incluso cuando descansamos por la tarde o la noche después del trabajo: en esos “tiempos muertos” se ha vuelto un acto reflejo, instintivo, llevar la mano a la bolsa del pantalón para sacar nuestro teléfono, desbloquearlo y sólo por llenar el vacío del instante, revisar alguna de nuestras redes sociales, quizá jugar algo, ver las fotografías que hemos tomado, etcétera.

Esta situación no ocurre únicamente en soledad. Aunque parezca sorpresivo, incluso cuando nos encontramos en compañía de alguien es posible hacer eso: abandonar el contacto cara a cara y, a cambio, centrar nuestra atención en la pantalla de nuestro gadget. Ahora es más o menos habitual ver que en una reunión de amigos, en una fiesta o en una comida familiar llega el momento en que uno de los asistentes comienza a manipular su teléfono inteligente y, como por encanto, este gesto se esparce, otros se contagian y de pronto, en un momento, eso que era convivencia mutua se transforma en aislamiento e individualidad.

¿Por qué pasa esto? Una respuesta posible la encontramos no en documento contemporáneo sino en una serie fotográfica de principios de los 90: L’Ennui a’ Deux = Bored Couples, del británico Martin Parr.

Como su título indica, el tema de esta serie es el aburrimiento en una manifestación muy particular: cuando ocurre en pareja. En los retratos de Parr –que conformaron una exposición en la Galerie Du Jour/Agnes B de París en 1993– se observa a dos personas, presumiblemente unidas por un vínculo afectuoso pero que, a pesar de esto, parecen experimentar una aguda sensación de tedio y hastío por estar ahí. Sin embargo, a diferencia de lo que quizá se vería si esos retratos se tomaran actualmente, los protagonistas de esas imágenes no pueden hacer otra cosa más que soportar la situación, se diría que estoicamente, pues no tienen nada con qué disimularla, hacer como que no pasa; por el contrario, muestran su aburrimiento tal y como es para sí mismos y también para su pareja.

Y esa, quizá, es la diferencia entre aquella época en que no existían los smartphones y la nuestra. Entre otros efectos, es más o menos claro que la tecnología portátil llegó a nuestras manos para distraernos, esto es, para sacarnos de nuestro presente, de la realidad que experimentamos subjetivamente – incluso de esa realidad amorosa que, al menos en teoría, debería ser capaz de mantenernos atentos, estimulados, volcados en el placer que surge cuando estamos con otro.

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