La psicología humana es tan delicada como complicada, debido a esto, los experimentos psicológicos no deben ser tratados a la ligera. A continuación, cinco ejemplos de las consecuencias de hacerlo.

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Los experimentos científicos suelen ser regidos por una serie de principios éticos que sirven para asegurar que las ambiciones de los encargados del estudio no se salgan de control. La ciencia es útil, pero si el sufrimiento humano es necesario para probar una determinada teoría, es mejor usar nuestra imaginación hasta que se nos ocurra una mejor manera de comprobarla.

Los casos que verán a continuación llegaron a existir gracias a una serie de científicos que pensaron: “bueno, un poco de sufrimiento no puede ser tan malo”. Algunos se mantuvieron al límite y no perjudicaron en demasía a sus sujetos de estudio, pero en otras circunstancias, varios de estos hombres de ciencia cruzaron límites que no deberían ser traspasados.

5. El experimento que creó al Unabomber

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Theodore Kaczynski, mejor conocido como el Unabomber, ingresó a Harvard en 1958. Era considerado un joven prodigio, bastante inteligente y motivado. Años después, se convertiría en un asesino que envió paquetes bomba a varios científicos y académicos, matando a tres e hiriendo de gravedad a otros veintitrés.

Muchos atribuyen sus crímenes a una simple enfermedad mental, pero el experimento Murray sugiere otra cosa. Cuando apenas había entrado a la universidad Theodore sirvió de sujeto de estudio en dicho experimento, cuyo objetivo era medir cómo se comportan los humanos bajo estrés.

Los científicos responsables del estudio sometían a los estudiantes a interrogatorios mordaces. Estaban informados sobre sus vidas personales y no dudaban en atacar sus creencias, sus ideales, sus familiares y cualquier otro aspecto de la vida de los sujetos que pudiera causarles estrés extremo.

Muchos sugieren que fue este experimento el cual despertó su furia en contra del “sistema” como más tarde lo llamaría en su famoso manifiesto. La terrible humillación de la que fue víctima por varios días, perpetrada por un científico reconocido, fue el catalizador para su brutal odio por las instituciones que luego expresaría con sus crímenes.

4. El experimento del pequeño Albert

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John B. Watson es el responsable de realizar un experimento de condicionamiento clásico, éticamente cuestionable, a un bebé de nueve meses.

Consistía en relacionar un estímulo que solía ser agradable con otro desagradable, dando como resultado que, al solo darse el primero, el niño experimentaba miedo, ira y desagrado.

Albert disfrutaba pasar el tiempo con un ratón blanco hasta que, para el experimento, cada vez que lo veía se reproducía un sonido estruendoso de un martillo golpeando metal. Al repetir este proceso varias veces, el bebé comenzó a sentir miedo inmediato al solo ver cualquier objeto relacionado con dicho sonido, empezando con el ratón y luego repitiendo lo mismo con otros varios animales que le agradaban.

El niño mantuvo estas fobias, los experimentadores no se molestaron en eliminarlas. Luego murió de una enfermedad a los seis años de edad, por lo que no se pudo determinar si dichos miedos le durarían hasta la edad adulta.

3. El experimento de prisión de Stanford

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El doctor en psicología, Philip Zimbardo, realizó un experimento que terminó en un caos completo. Consistía en contratar a varios sujetos para que vivieran en una prisión, como guardias y prisioneros, pagándoles quince dólares al día por participar.

Se decidió al azar quienes serían los guardias y quienes los prisioneros. Al poco tiempo de iniciado, surgieron varias disputas entre los dos grupos, los guardias se tomaron en serio su trabajo y no soportaban las faltas de respeto de los reos, comenzaron a humillarlos, castigarlos y a tratarlos como verdaderos criminales.

Muchos de los individuos haciendo de prisioneros sufrieron colapsos nerviosos producto del trato inhumano que les estaban propiciando, los encargados del experimento estaban atónitos frente a lo que estaban viendo. Los guardias, que en ambientes cotidianos eran personas completamente normales, no dudaban en desnudar a los presos y obligarlos a realizar trabajo físico para su propio disfrute.

Zimbardo llevó a su novia, también psicóloga, a ver lo que estaba pasando. Esta quedó horrorizada por la actitud calmada de su novio ante las humillaciones y los castigos que recibían los falsos prisioneros. Al ver su propio trabajo desde otra perspectiva, Zimbardo canceló el experimento a los seis días, cuando debía durar dos semanas.

2. El experimento monstruo

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En 1939, Wendell Johnson ideó un terrible estudio para observar si los comentarios positivos o negativos afectaban o causaban los trastornos en el habla.

Para esto, eligió a veintidós niños huérfanos y los dividió en dos grupos. A los del primero se les alabó por su manera fluida de hablar y sus excelentes habilidades para expresarse. A los del segundo se les dijo que sufrían de tartamudez severa, que no se les entendía cuando hablaban y que dicha condición era incurable.

Muchos de los niños sin trastornos del habla del segundo grupo sufrieron efectos psicológicos negativos, algunos incluso se volvieron tartamudos de por vida. Los colegas de Johnson los reprendieron por usar a niños huérfanos para probar su teoría. La universidad de Iowa se disculpó oficialmente por este estudio en el 2001, a muchos de los afectados se les dieron indemnizaciones, pero ya el daño estaba hecho.

1. El proyecto Aversión

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En los años setenta y ochenta, el ejército sudafricano del apartheid decidió obligar a sus miembros gay a que se cambiaran de sexo. No solo eso, sino que se les forzó a recibir terapia psicológica, tomar medicamentos que podían resultar muy perjudiciales y recibir terapia de electro-shock para alterar sus impulsos sexuales.

El objetivo de estas irracionalidades era eliminar la homosexualidad del ejército. Muchos de estos sujetos fueron condenados a pasar sus días en clínicas psiquiátricas militares, en donde los doctores intentaban encontrar una especie de cura para la homosexualidad. Objetivo de lo más ilógico desde su concepción.

Los que no se “curaban” con terapias de menor escala eran químicamente castrados o cambiados de sexo por cirujanos algo inexpertos. Lo peor es que los artífices de estos lamentables hechos jamás fueron castigados y algunos, como el doctor Aubrey Levin, viven vidas tranquilas en otros países.

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