Las supersticiones son parte de la cultura, del papel que juegan los mitos en nuestros destinos y de la buena o mala fortuna que podamos llegar a tener.

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Palpamos madera para evitar que una desgracia sobre la que versamos se nos “revierta”, evitamos a toda costa tirar la sal y nos obligamos a cambiar de acera si una escalera se cruza en el camino.

Si las cosas nos salen mal, no es por las decisiones que hayamos tomado. Todo es culpa del gato negro que se nos atravesó en la calle, del mal de ojo al que seguramente nos están sometiendo o al espejo que rompimos accidentalmente hace una semana.

Quizás llegó el momento de ir a hacernos una limpia…

De acuerdo a Vox, Jane Risen, un psicólogo de la Universidad de Chicago que estudia las supersticiones y el “pensamiento mágico”, considera que incluso los adultos inteligentes, educados y emocionalmente estables creen en las supersticiones aunque reconozcan que no son racionales.

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Parece una contradicción que los humanos podamos ser tan brillantes pero aun así sucumbimos a la superstición. No es así, de hecho, eso sólo revela que hay un “conflicto entre las formas de pensar de las dos partes de nuestro cerebro”.

En el 2013 otro psicólogo, Daniel Kahneman, publicó un libro llamado “Pensando rápido y lento”, en el que estableció una teoría: tenemos dos sistemas para pensar y la manera en la que interactúan explica cómo se originan los pensamientos supersticiosos.

El sistema número uno es el que representa nuestras reacciones inmediatas al mundo, el que forma los estereotipos. En cuanto a las supersticiones, tiene dos opciones: encontrar explicaciones “causa y efecto” para dar sentido al acontecer, suplicarnos que no “juguemos con el destino” o encuentra hechos en nuestra memoria que confirmen las intuiciones supersticiosas.

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El sistema número dos, en cambio, es el más lento y racional, el que se basa en hechos más objetivos. Es precisamente el que descarta lo que hemos preconcebido con el primer sistema de pensamiento.

El problema es que descartamos al sistema racional y cedemos ante los demás, aunque sepamos que son ilógicos. De acuerdo a Jane Risen, esto se debe a que es más fácil imaginar que algo malo pasará y por eso es difícil ignorar la superstición: la sociedad del pesimismo.

Lo que resulte más fácil de profetizar o imaginar también será lo más aceptado por otra razón: nos da tranquilidad y nos hace creer que tenemos algún control sobre el mundo caótico, aunque nuestras acciones no valgan nada

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