¿Deberíamos usar datos médicos procedentes de experimentos nazis?

¿Qué ocurre cuando no puedes hacer un experimento, por el motivo que sea, pero sabes que alguien lo ha realizado antes que tú? En principio, siempre puedes citar su trabajo y utilizar sus resultados. Pero.. ¿Y si esos experimentos se hicieron en un campo de concentración nazi sobre prisioneros, en contra de su voluntad y en condiciones que se podrían considerar tortura? ¿Es moralmente aceptable usar esos resultados? ¿Podemos confiar en la capacidad como científico de alguien que es capaz de infligir las más horribles atrocidades a sus semejantes?

Estos son dilemas que lleva 60 años atormentando a investigadores médicos de algunos campos, como por ejemplo el de la hipotermia. La respuesta humana a las bajas temperaturas es muy diferente de la de otros animales. Los experimentos con humanos se hacen entonces necesarios, pero hoy en día, ningún investigador sometería a sus voluntarios a los experimentos dolorosos y potencialmente letales que se requerirían.

 

Sin embargo, hubo alguien que no tuvo ese problema. En el campo de concentración alemán de Dachau trabajaba Sigmund Rascher, médico de la Luftwaffe. En más de 400 experimentos sobre 300 prisioneros, Rascher probó los efectos de la hipotermia sobre el cuerpo humano. Para ello, los prisioneros eran sumergidos en agua helada durante largos periodos de tiempo, y posteriormente reanimados con diferentes técnicas. Aproximadamente un centenar de ellos no superaron los experimentos. Un informe de 56 páginas sobre los experimentos (dirigido a Himmler) sobrevivió a la guerra, y fue recuperado y analizado por las tropas aliadas.

Es allí donde el investigador americano Robert Pozos encontró la pieza que le faltaba a su investigación. El investigador no se atrevió a bajar la temperatura de sus voluntarios por debajo de los 36º para comprobarlo, y quiso completar lo que ocurría por debajo de esta temperatura con los datos del científico alemán. Pozos opinaba que los experimentos nazis habían sido inmorales, pero que su validez científica era incuestionable. Sin embargo, cuando quiso publicar en el New England Journal of Medicine datos obtenidos por Rascher, se enfrentó a la oposición frontal de los editores y la opinión pública. Otros científicos tuvieron más éxito que Pozos: la literatura médica está plagada de referencias a estos experimentos (hasta 45 antes de 1984), y algunos procedimientos hospitalarios están basados en ellos.

Otro ejemplo son los estudios de toxicidad sobre el Fosgeno. De uso industrial, pero también presente en los arsenales químicos de algunos países, el Fosgeno ataca a ciertas enzimas del pulmón y causa muerte por ahogo. Los mejores datos sobre su efecto en humanos provienen de experimentos sobre prisioneros.

La comunidad científica sigue dividida respecto a estas cuestiones. Por un lado hay grandes sospechas sobre la fiabilidad de unos datos que, en ocasiones, se sabe que han sido manipulados. Además, en todo caso son datos obtenidos con experimentos sobre sujetos con unas características muy determinadas de malnutrición y estrés que no representan a la población en general.
Entre aquellos resultados que sí que parecen fiables… ¿Deberíamos utilizarlos? Y si lo hacemos ¿Citamos al investigador original reconociendo su autoría original sobre los resultado?
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