Recuerdo todavía muy bien cuál fue la primera vez con preservativo.

Tenía 16 años. Fui a comprar una caja de ellos a la farmacia.
La, por otra parte joven y agraciada, farmacéutica pudo darse cuenta rápidamente que era la primera vez. Puso una caja sobre el mostrador y me preguntó si sabía cómo tenía que usarlos.
Yo contesté francamente: «De hecho no. Para mi es la primera vez.»
Sacó un condón de la caja, después del sobrecito con lubricante y lo desenrolló lentamente sobre su pulgar. Además de decirme todo el tiempo que tuviera cuidado de no arañarlo con las uñas recalcó que tenía que asegurarme que quedaba bien fijo.
!Me sonrojé como la grana!
Miró alrededor para comprobar que estábamos solos y no había otro cliente y me dijo: «Espera un momento».
A continuación cerró la puerta con llave…
Me tomo de la mano y me condujo a la trastienda.
Allí se desabrochó la bata y se la sacó.
A continuación se sacó el sostén dejando sueltos los pechos con un vaivén.
«¿Te encandila?» me preguntó. Yo asentí.
Entonces fue cuando me dijo que había llegado el momento de ponerme el preservativo.
Mientras yo lo ponía, ella se sacó la falda y las bragas y se recostó con las nalgas apoyadas en la tabla de la mesa.
«Ven, me dijo, !No tenemos mucho tiempo!»
Abrazándola, monté pues rápidamente encima de ella.
La penetré instintivamente. Era tan agradable que, casi sin darme cuenta, me corrí convulsivamente de inmediato. 
Se quedó mirándome fijamente, un poco decepcionada.
«Confío en que tenías el condón bien sujeto», me dijo.
«!Claro que si!», dije muy seguro de mi mismo. Y le enseñe mi pulgar.
Después de eso cayó desmayada…
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